Esbozos de una tierra sin nombre

978-84-15208-08-2

Shaun Tan


Esbozos de una tierra sin nombre

Octubre 2011 / Cartoné / 23,5 x 31 / 48 páginas / 22 € COMPRAR

Sinopsis

Bajo la superficie de todo proyecto creativo suele haber un gran iceberg oculto que lo mantiene todo a flote: una masa de material preliminar formado por cajas, folios y cuadernos de notas que en principio el autor no pretende mostrar y menos aún publicar. Eso es especialmente aplicable a Emigrantes, una historia que depende en gran medida del silencio y el misterio. Siempre imaginé que, una vez terminado, el libro superaría las referencias a su fuente original, que sería algo así como un álbum perdido procedente de un universo alternativo. La falta de aclaraciones tan sólo le añadiría interés, el lector se encontraría sólo con una serie de dibujos extraños, de personajes sin voz en paisajes anónimos. Así pues, ¿qué necesidad tenía de volver a mi viejo archivo y publicar un volumen de notas y dibujos de trabajo? Aunque por lo general considero mi propio proceso creativo simplemente como eso, como un medio para conseguir un objetivo, lo cierto es que los cuadernos de trabajo de otros artistas me fascinan.

Me encanta ver el origen de las ideas, las conexiones con experiencias de la vida real, las múltiples posibilidades y problemas a los que se enfrenta el artista; pero sobre todo me gustan porque nos recuerdan lo que más nos atrae del arte y la ficción: su factibilidad. Por consiguiente, puedo imaginar que el proceso creativo de Emigrantes también podría resultar fascinante para otros lectores, especialmente teniendo en cuenta que resultó ser un proyecto largo e intrincado. A menudo me preguntan de dónde surgió la idea de este proyecto. No es una pregunta fácil de responder, pero sí puedo decir que empezó con una vaga imagen mental de un personaje alienado, cargado con una maleta, aunque durante mucho tiempo fui incapaz de dibujar nada que realmente valiera la pena a partir de ello. Mucho más tarde me di cuenta de que la imagen tenía una conexión con un tema evidente: la emigración. Sin embargo, esa revelación sólo sirvió para agravar mis problemas a la hora de conseguir una representación artística. Siempre me ha interesado la idea de la ilustración indirecta o, en otras palabras, el intento de encontrar un equivalente metafórico a un tema o experiencia, una representación más imaginaria que literal. Intenté aplicar esa estrategia a mis limitadas ideas sobre la emigración.

En mis primeros esbozos experimenté con cualquier cosa, desde personajes no humanos (a menudo pájaros o seres con aspecto de ave), a paisajes que surgían a partir de la combinación de objetos diversos. En un caso dibujé una ciudad compuesta por paquetes de comida repintados para que parecieran edificios; para ello me inspiré en una idea de «reciclaje cultural» y en los sueños de prosperidad de los emigrantes. Otra variación consistió en copiar viejas fotografías de archivo, recortarlas y elaborar con ellas composiciones menos previsibles, de un modo no muy distinto a lo que hacía Max Ernst con sus collages. También pasé varios meses dibujando figuras humanas simplificadas o muy estilizadas, inspirado por la obra del autor y artista británico Raymond Briggs, y también por el realismo oblicuo de novelistas gráficos como Chris Ware, David B. y Art Spiegelman. En ocasiones, mis personajes eran casi amorfos, con los rostros desdibujados; ¿sería eso una metáfora efectiva del anonimato del emigrante y de su atormentada sensación de pertenencia, o se trataba tan sólo de una engreída perogrullada? Mis ideas a menudo resultaban intelectualmente interesantes, pero al mismo tiempo me confundían o me distanciaban emocionalmente del tema en lugar de acercarme más a él. En este punto empecé a preguntarme cuáles eran mis intenciones como artista, y a reflexionar sobre mi fascinación por las historias ilustradas surrealistas. ¿Qué relación podía haber entre eso y mi preocupación por las imágenes de emigrantes? Pensé mucho en ello mientras estudiaba diversas fotos de archivo que colgué en las paredes de mi estudio: eran fotografías descoloridas de desconocidos que se aferraban ansiosamente a sus maletas y fardos, apiñados en el muelle, a la espera de un barco. Como suele ocurrir, el proceso de documentación acabó siendo crucial. Leyendo biografías, escuchando entrevistas grabadas e incluso realizando algunas yo mismo (sobre todo a mi padre) me di cuenta de que los problemas por los que pasaron muchos emigrantes guardaban ciertos paralelismos con lo que me preocupaba e interesaba a mí como artista visual. Existe la voluntad de encontrarle sentido a la ausencia de lenguaje hablado u oral, la tendencia a examinar la sensación que a veces tenemos de estar fuera de lugar, de observarlo todo con grandes dosis de atención e imaginación. Pero por encima de todo eso, existe un potente deseo de extraer algún tipo de memoria coherente de nuestra caótica y fragmentada experiencia vital, una historia elocuente que pueda transmitirse a otras personas.

Los artistas a menudo intentamos percibir el mundo a través de un «ojo inocente», mirar lo que conocemos bien como si fuera algo desconocido, ver lo extraordinario en lo más ordinario. Desde muchos puntos de vista, eso se parece a la experiencia del que emigra: viajar a un país extranjero puede ser algo parecido a entrar en una segunda infancia, en la que todo debe reinterpretarse en un contexto nuevo. De hecho, la experiencia de la emigración comprende todos los retos emocionales, intelectuales y espirituales con los que puede enfrentarse el ser humano, puesto que pone en entredicho tanto lo conocido como lo desconocido. Esa profunda sensación de estar desplazado despierta también el misterio esencial en la vida de cualquier persona, sea cual sea su edad, experiencia o nacionalidad: quienes somos, de donde venimos y cómo nos relacionamos con el mundo que nos rodea. Al final, resultó que Emigrantes tenía mucho que ver con esas preguntas fundamentales. Más allá de mis preocupaciones iniciales acerca del estilo o de la presentación, decidí que este proyecto constituiría un ensayo visual minuciosamente documentado, destilado a partir de numerosas anécdotas de personas que habían emigrado: un cuento universal que es a la vez real y abstracto, un género que navega entre dos aguas, entre la realidad y ficción.
Al cabo de los años, el libro terminó siendo muy distinto de como lo había imaginado originalmente, pero también mucho más interesante. Sus páginas poseen una profundidad y una simplicidad que siguen intrigándome a pesar de lo laborioso de su elaboración. A menudo me preocupaba que los lectores pudieran ver el libro como una obra obscura e idiosincrática, pero la respuesta ha sido increíblemente positiva: se ha traducido a varios idiomas (lo que implicó poco más que cambiar el título), ha hecho las delicias de niños y adultos de contextos muy diversos, y ha recibido numerosos galardones como novela gráfica, como álbum infantil, como obra de ciencia ficción, de ficción histórica y también como obra literaria en general. He recibido muchas cartas apasionadas de lectores emigrantes y refugiados que han visto reflejadas sus experiencias en las extrañas imágenes del libro, es como si la historia hubiera completado el círculo y hubiera vuelto al punto de partida.

A pesar de que no son en modo alguno imprescindibles para apreciar la obra final, espero que estas páginas brinden un punto de vista más íntimo de ese pequeño mundo que construí alrededor de Emigrantes, mis inspiraciones iniciales, la evolución de conceptos y la ejecución de las ilustraciones finales. El lector también puede disfrutar de los esbozos por sí mismos; aunque a veces puedan resultar extraños, siempre son sinceros en la medida que sirvieron para capturar ráfagas de ideas especulativas. Yo, por mi parte, disfruté revisándolos y recordando ese impulso creador esencial. En ese sentido, esos esbozos me parecen más reveladores que mis obras terminadas y elaboradas con más esmero; son la evidencia de una imaginación a la deriva, impulsada por una pregunta seductora, compleja y eternamente fascinante: Qué pasaría…

 

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